Veranos dorados
Hace unos años, cuando era niña y llegaba el verano, lo pasaba en la casa de mis abuelos, en un pequeño pueblo del interior de Valencia. Por aquel entonces, los veranos eran amarillos. Los recuerdo así, de un color dorado. Se me hacían eternos y todo lo que recuerdo era bonito.
Largos paseos al sol con mis abuelos, tardes de verles mimar su huerto, mientras yo y mi hermana hacíamos barquillos con hojas y ramitas y los echábamos al río. Noches en las que mirábamos las estrellas en la terraza, mientras explicaban un cuento diferente cada día, o cosas de su juventud, de una guerra vivida, o de la pobreza que les tocó vivir.
Con ellos aprendí a distinguir un satélite de un avión en el cielo estrellado, a mirar la vía láctea, según ellos, el camino de santiago, a saber que marte desprendía un cierto tono rojizo, que las estrellas mellizas se escondían tras la montaña a las once, y que en la luna había una señora mayor que comía uvas (eso si sabías fijarte bien). Mi abuelo, como ya dije una vez, me parecía el hombre más fuerte y sabio del mundo. Por las mañanas me preparaba el almuerzo y ponía en fila india, sobre la mesa, un trocito de pan, seguido de uno de queso. Hasta comer era un juego.
Ayer fui a verles a casa. Mi abuelo apenas puede hablar tras la embolia que sufrió hace ya trece años. No puede moverse de la silla de ruedas, pero entiende todo lo que le dices. Cogí su mano, inerte, casi muerta y se la masajeé con cuidado. A la hora de la cena, le lavé las manos, le puse un babero y le ayudé a comer.
Me despedí de él con un nudo en la garganta.
La vida es como un reloj gigante, un reloj cruel que jamás se detiene, ante nada y ante nadie. Por ello creo que vida y muerte van de la mano. La vida pasa muy deprisa, y lo más bonito de ella es poder vivir y recordar sus momentos más dulces y sobre todo, disfrutar de las personas que más quieras, hasta que el reloj decida detenerse.

