¿Ingenuidad?
Cuando era pequeña y me asomaba con mi abuela por la noche al balcón de la terraza y veía el mar, creía que le habían quitado el tapón y que poco a poco, se vaciaba. Un enorme tapón que por el día, cuando volvían a llenar el mar, conservaba el agua donde nos bañábamos todos. No sabía que la marea bajaba y que por ello descendía el nivel del agua.
También creía que mi abuelo era el hombre más fuerte del mundo, y que ningún hombre en la tierra tenía tanta fuerza como él.
Pensaba que era cierto que te podían tocar todos los juguetes de la tele si rellenabas un formulario (que cada año rellenaba con mi madre) y que un gran camión descargaría todo aquel paraíso de juguetes que bailaban en mi cabeza. No pensaba ni por un momento que a cambio, mi madre había tenido que comprar 50 yogures para poder enviar los códigos de barra junto al formulario.
También creía que el ratoncito Pérez era un ser descuidado, pues no siempre pasaba a dejar un regalo bajo mi almohada. Mi madre decía que había tantos niños que ese día habían perdido un diente, que el pobre no daba a basto.
Pensaba que el perro que nos seguía a todas partes en el pueblo de verano, era un ser inmortal y que era el animal más listo del planeta, y que me protegería contra los trolls si nos los encontrábamos por el bosque.
Todo lo que creía ingenuamente, era sobre cosas que vagaban en mi mente. Sin embargo, jamás dudé de cosas tan ciertas como el amor y el desamor, sabía que existían, ni la desconfianza entre personas, el miedo, la confianza, el querer y el odiar. Sabía que en aquel mundo de adultos todos aquellos conceptos existían, y aprendí a reconocerlos pronto, a observar sus movimientos, a ver oir y callar...
En un momento dado, también sabía que mi padre se marcharía, que mi madre lloraría y que yo no sentiría nada. Pero lloraba porque sabía que tenía que llorar.

